Era predecible que López Obrador y su equipo no aceptaran la derrota. Especialmente con un margen tan cerrado. Lo que no era tan predecible es que quisieran anular totalmente la elección -su verdadero objetivo-.

Saben muy bien que ni impugnando ni contando voto por voto podrían revertir el resultado, así que lo buscan en forma evidente es anular la elección, tratando de encontrar un cierto porcentaje de anomalías minúsculas que de ninguna forma les darían la victoria pero sí la posibilidad de repetir la elección.

Afirmo esto no porque sea panista o calderonista. De la derecha únicamente comparto la visión económica de libre mercado y la disciplina financiera. La verdad basta con ver los dos resultados de dos ejercicios enteramente diferentes estadísticamente: el PREP (Programa de Resultados Electorales Preliminares) y el conteo distrital que recién concluyó.

En ambos ejercicios la victoria es para Felipe Calderón, en un porcentaje similar, así sea por una diferencia minúscula. La forma en que fluyeron los datos es totalmente diferente, y por ello también es diferente cómo fueron variando los porcentajes atribuidos a cada candidato. Cualquiera que haya tomado un curso básico de estadística sabe lo que es una muestra uniformemente distribuida, y en ninguno de los dos casos hubo tal muestra, así que los datos fluyen en forma diferente.

La estrategia, entonces, es evidente y es exigir el cumplimiento de demandas imposibles. Claro, siempre tratando de escudarse en la ley. Esta técnica la utilizan todas las fuerzas radicales, como los zapatistas que mantienen una guerra declarada en contra del gobierno de México, el CGH que mantuvo cerrada la Universidad Nacional durante case un año, los macheteros de Atenco, que impidieron que se elevara su nivel de vida con un aeropuerto construido en sus tierras. Y ahora López Obrador, exigiendo que se cuente voto por voto, amenazando con impugnar y convocando a una “asamblea informativa” en el zócalo. A un mítin al que no quiso llamar por su nombre, eufemista como buen radical.

Y pensar que hace cinco días todavía me simpatizaba el tal Peje.

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