Tomé unas vacaciones de fin de año para recorrer 2300 kilómetros por carretera por una parte del sureste del país, incluyendo Veracruz, Tabasco y Chiapas. Pasamos por Catemaco con sus brujos, su hermosísima laguna y sus gordos simios nadadores. En navidad estuvimos en Villahermosa y alrededores. No faltó el pejelagarto asado en el restaurante La Gloria de Jesús, camino a Nacajuca.

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Luego visitamos las ruinas de Palenque y la cascada de Misol-Ha, ambos de ensueño enmedio de la selva con una de esas deliciosas lluvias que nomás mojan pero no aprietan.

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Estuvimos después dos días en la remota y fría San Cristóbal de las Casas, y aprovechamos para visitar las extravagantes comunidades chamulas y zinacantecas. Rematamos el recorrido con un paseo en lancha por el impresionante Cañón del Sumidero, para regresar por una carretera ignota que no aparece en los mapas del año pasado hacia la ciudad de Coatzacoalcos. De ahí regresamos al D.F., tras una breve visita a Puebla para comer, comprar camotes y visitar queridos familiares.

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Al regresar al D.F., en la madrugada, fui despertado por un incendio en la cocina de mi casa. Fue un incendio pequeño pero carbonizó todo lo que estaba en los alrededores de la estufa, destruyó algunos azulejos y ennegreció completamente la cocina, que era originalmente blanca. Afortunadamente no fue debido a una fuga de gas, sino a una falla eléctrica combinada con un plástico quemado y medio litro de aceite de oliva en las alacenas. Los muebles de la cocina son metálicos, lo que impidió que fuera más grave la cosa. Vaya susto, pero no pasó a mayores y no hubo lesiones ni nada grave. Afortunadamente hay extinguidores en mi edificio, que funcionaron de maravilla, y pude apagar el desmadre que estaba causando el fuego en cuestión de segundos. Llevamos tres días limpiando todo y aún no terminamos.

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